Sombra querida y santa, ya me alejo; descansa en paz… yo volveré mañana.

por Viktor Almatôj

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Antes que nada, es el más plácido deber para mí, como lector, agradecer a todos aquellos que permitieron la realización de tan maravillosa obra. Uno por uno los nombraré con el respectivo personaje del que narran parte de su vida: En primera instancia a la coordinadora del hermoso proyecto «Rostros de Choroní» Liza López, y ahora a los fantásticos cronistas que narran con pasión en su tinta y lágrimas en sus páginas las desconsoladoras historias de estos emblemáticos personajes del día a día de Choroní: Leoncio Barrios y sus personajes Pedro Liendo y el Tiburón Cobos, Maru Morales y el Gocho Sánchez, Ileana García Mora y, Sebastián Liendo y Adrián Afonzo, Marcy Rangel y Felipe Liendo, Ileana Hernández y, Carmen Saturnina e Iván Anderschon, Yndira Fernández y, María Nuitter y Miguel Bolívar, Fanny López y Hans Soldner, Melanie Pérez y, Olga Iciarte y Rodrigo Machado, Marco Bello y Ernestina Infante, Thamara Jiménez y el Chino Nuitter, Marly Briceño y Juanita Arévalo, de verdad, lo único que puedo darles son las gracias, gracias por maravillarme con los tesoros del pueblo venezolano y los secretos, dolores y alegrías que trajeron a mis manos.

Son historias, son rostros, son maravillas… sentencio así a todo aquel que resida en un pueblo que esconda maravillas y que con esmero busque resguardar sus valores, y, aún mas importante, su historia y tradiciones. Los personajes aquí expuestos representan por ellos mismos la conjetura absoluta de lo que es un pueblo, de esa sociedad colaboradora, echada pa’ alante, que refugia a aquellos que deseen el lecho. En Choroní y sus rostros se pueden apreciar personajes como el fiestero del malecón, la curandera que no se considera como tal; madre de casi todos sus conocidos, la fiel devota madre de las escuelas de fe, los que resguardan los sabores de sus tierras: el cacao, el papelón, sus guarapitas, etc, quienes únicos ya, probablemente se hundan con ellos la tradición, entre todos quienes ilustran y llenan el mundo personal de la gente de Choroní.

Narrados de manera ejemplar se cuenta como estas personas llenan un incompleto rompecabezas de piezas perdidas en el pasado y las que se esperan obtener como nuevas. Sus cronistas nos traen con belleza inocente y objetiva el sentir de esta costa, lo que se sufre, lo que falta, lo que sobra y lo que nos llena, llevándonos a todos los planos históricos de los que se hablan, pues casi toda la obra son comparativas o relatos de un pasado difuso con una perturbada y criticada actualidad.

No es un libro que de por sí te atrape y debas leerlo en una sentada, sino mas bien es como ese café que por las condiciones se prestó para hablar, para contar, para amar…

En fin, me encantó, fue una deliciosa dosis de patria, de la verdadera, la que yace en su pueblo y lucha todos los días por darle flote a su pasado. Vuelvo y repito, muchísimas gracias por su hermoso trabajo realizado de manera ejemplar y gracias a la Casa Nacional de Letras Andrés Bello por propiciarlo.

Adiós. Adiós. Que el viento de la noche.

De frescura y de olores impregnado,

Sobre tu blanco túmulo de piedra

Deje, al pasar, su beso perfumado;

Que te aromen las flores que aquí dejo;

Que tu cama de tierra halles liviana.

Sombra querida y santa, ya me alejo;

Descansa en paz… Yo volveré mañana.

                José Antonio Maitín.

 Atentamente,

Viktor Almatöj.