El Pueblo Derrumbado a Merced de sus Mosquitos.

por Viktor Almatôj

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         El desvanecer de un pueblo ante el cataclismo absoluto, en el que sus últimos anhelos sucumben ante el único mal del que un pueblo que presente estos síntomas no tiene escapatoria, el olvido. Esta es la enfermedad que sufre Ortiz, el pueblo donde Miguel Otero Silva narra su historia Casas Muertas. La capital del estado Guárico en Venezuela se derrumba en un abismo tan profundo como las fosas donde residen sus cadáveres, subyugando sus civiles a un mundo estático enajenado del progreso, donde el paso del tiempo es el látigo que azota hacia la muerte a un burro que se quiere dejar morir por el peso que carga, y donde el recuerdo del hermoso pasado de una capital oriunda paso a ser la cámara de tortura donde los pobladores se auto flagelan recordando tiempos mejores, tiempos de vida.

En dicha obra se logra, por las habilidades de su autor, un himno o yugo que carga el pueblo, que carga aquello que se olvida, aquello que desvanece de nuestros recuerdo, el yugo de la esperanza, o el himno que se grita sin sentido por la incapacidad de ser logrado su objetivo de su cantar: el ser recordado.

           Miguel Otero Silva lleva a Ortiz tomándole de la mano durante el final de su camino, mostrando como las enfermedades, el desabastecimiento y el abandono hunden un pequeño mundo sobre sus propios pies. La novela se narra con suma experticia, habilidad y fluidez, pues logra sobrellevar el sufrimiento de este pueblo únicamente a través de la belleza de sus metáforas, lo crudo de sus paisajes y lo suave de sus palabras. Aún así nos muestra como dentro de este microscópico mundo sigue existiendo vida, que aunque desea sucumbir, sigue existiendo. La protagonista, Carmen Rosa, por otro lado, es llevada a la hipérbole de la vitalidad, su deseo de aventura la lleva a buscar aquello que nunca conoció y que cruelmente  le será arrancado por el germen que habita en sus tierras. Es un personaje sumamente complejo y completo, pues posee dentro de sí todas las cualidades aquellas que le otorgan de voluntad y libertad a un ser. En cambio los habitantes de este penitente pueblo son simplemente los escombros de un tiempo pasado, los restos andantes de una tierra que fue hermosa, cadáveres que se han olvidado del vivir y, aún más importante, del poseer voluntad. Son así mismo estos personajes, seres que se ven amarrados dentro de este pueblo y sus muros que se desploman, los que no poseen ya la capacidad de cambio a las líneas históricas que se les han dado todas con su respectivo catastrófico final. Existe también dentro de esta novela una descriptiva amplia, nutrida y espectacular en la que una enfermedad se hace palpable y un pueblo cobra vida aunque este ya no la posea, la forma en la que Miguel Otero Silva relata a los habitantes de Ortiz, a sus tierras y sus emociones, te hace desfallecer ante ellos y no sentirte asqueado por sus purulentas cualidades, sino que les otorga de una lástima ajena en la que provoca llorar a sus vivos mas que a sus muertos.

         El autor desarrolla a lo largo de toda la trama distintos conceptos plenamente elaborados entre los cuales se pueden observar asuntos tales como: la adolescencia, las pasiones en confrontación con la religión, el honor, la moral del pueblerino, la decadencia del ser y su entorno, el amor, la corrupción, la enfermedad, la muerte…

         Para mí, humilde y a la vez ruin lector de esta obra, resultó excesivamente esclarecedor todo el procedimiento del desarrollo de Carmen Rosa, su crecimiento de niña a mujer, de la abnegación en las pasiones y la búsqueda absoluta del equilibrio en todo aquello que la rodea. Existe un asunto fundamental que vive entorno a ella, que es el crecer y ver un mundo en decadencia que te retiene con todas sus fuerzas pues eres aquel único benefactor que sostiene con vida unos huesos carentes de alma.

             Aunque por otro lado Miguel Otero Silva trató al gobierno como se debe, crítica tras crítica al caudillo, crítica tras crítica a la mala ejecución, y crítica tras crítica a su ejecución, recordándonos siempre que el fanatismo inconsciente resultará a todas cuentas en la catástrofe de un pueblo, de una nación, o de la más microscópica comunidad.

             Les dejo a manos de la merced de un ruin asesino que constantemente arranca de raíz y sin permiso alguno las pocas esperanzas que le quedan al sufrimiento de un enfermo pueblo, cuyas llagas plagan hasta sus paredes y sus amarillentas pieles, por el paludismo, decrepita todo un panorama sin merced de nadie, los dejo en manos de Miguel Otero Silva y que la vida los acompañe, no pierdan su voluntad ante la muerte que avecina en el estatismo. De todas maneras gracias maestro por tu gran y majestuosa obra.

           Se los digo por experiencia, la muerte me ha traído a mí la prueba absoluta de que uno deja de decaer cuando el polvo vuelve a ser polvo.

Pero mis ficciones serán arrancadas, espero no por un hombre tan cruel.

Por todos esos cadáveres y que los zancudos no osen robar sus vidas,

Atentamente

Viktor Almatöj.