Salvar a Chet, a Dumont y claro, a los elefantes

jaulas_hong_kong_08

                  No sé si será mi falta de buen gusto, o si es la belleza de la trompeta de un drogadicto, quizás sean las trompas de los elefantes, o las voces en mi cabeza. Salvar a los elefantes de Luis Enrique Belmonte me ha dejado como la nevera, inútil por un acalorado verano. Es una novela que me gritaron que no leyera, que no valía la pena. Grata resultó la desobediencia.

Se sienten dos voces, una situación (ajena al texto) que alteró por completo el estilo narrativo del autor, nos muestra ese loco del que nos habla. Dumont hace presencia como esa segunda voz, apartir del quinto o sexto capítulo. La locura de este hombre se ven en monólogos atemporales, la narración a futuro de sucesos ocurridos. La desesperación en la música que se oye de fondo, desde Delft hasta su apartamento en Barcelona. Y estos son simples retazos de la solitud de un hombre que solo quiere que lo acompañen a salvar a los elefantes. Una locura que se siente verosímil, cosa sorprendente.

Se maneja dentro de imágenes fuertes que sumados a su volátil final no dan más que decir que «coño, como duele querer volar». El cotidiano se hace magnífico en la pluma de nuestro autor, mostrándonos nada más retazos de una ciudad y de una especie de viaje interno y externo del protagonista, ambas marcadas de manera importante por el cambio de tono en el estilo narrativo.

Con la esquizofrénica narración incluida, es imposible perder verdaderamente el hilo de esta historia. Mi lectura pausada me hizo testigo de esto. La novela es redonda, un ouroboros perfecto en el que incluso la pregunta «¿Qué tienen en común una nevera que gotea, una novia que se ha ido a Delft, el impulso de adoptar un elefantito huérfano, los diálogos con un psicoanalista llamado precisamente Boltanski y una serie de crímenes irresueltos ocurridos un tórrido verano en un barrio barcelonés?» se responde a sí misma en un final fotográfico. Es cinematografía pura lo que se narra, las imágenes son precisas, sin redundancias y los excesos son necesarios para la sensibilidad de nuestro querido narrador. Una cantidad de personajes desaparecen sin más de la narración, es una de las cosas que debo de criticar, sin embargo sus ausencias no fueron dolorosas, quizás ni sentidas. La musicalidad de fondo que emana esta obra es una delicia que flota entre los dos planos de la «erudición» musical o cultural: el jazz y la música clásica que suenan rellenando los silencios de una obra con muchos pasos callados.

En fin, quizás si quise volar, pero no lo hice. Aún tengo que salvar a unos elefantes, porque están lejos, y porque los pandas son unos pretenciosos poco libidosos. Aun me creo a la Sra. Sheldrick, lástima que el narrador ya no. Quisiera dormir acurrucado por su inservible nevera y que el ventilador me recuerde el calor que hace. No volaré, siempre y cuando no deba.

Atentamente, un lector que te escucha Dumont. Gracias Belmonte, muchísimas gracias.
Viktor Almatöj

Post-Data: Los Anexos me quedan pendientes para cuando mi corazón de buey vuelva a funcionar, ya pronto responderé a ellos.

Anuncios